Letra 15. Revista digital
Revista digital de la Asociación de Profesores de Español «Francisco de Quevedo» de Madrid - ISSN 2341-1643

Sección NUEVAS VOCES

La innovación educativa a debate

Fructuoso Atienza, Juan Gavira, Irene González-Cano, Rubén Guinot, Mario Gutiérrez

Debate surgido en la asignatura Innovación e investigación en Didáctica de la Lengua y Literatura del Máster Universitario en Formación del Profesorado de ESO y Bachillerato, FP y Enseñanzas de Idiomas de la Universidad Complutense de Madrid.

1. Presentación

La innovación en las aulas es uno de los grandes temas pedagógicos en la actualidad: congresos, seminarios, cursos, charlas y publicaciones instan a los profesores a transformar la forma de enseñar para lograr un aprendizaje significativo en los alumnos.

Tantas veces se habla de la necesidad de innovar que, en ocasiones, se deja de lado la problematización de este concepto o se limita a relacionarlo con las nuevas tecnologías y el uso de herramientas digitales. Sin embargo, la innovación implica mucho más que la utilización de las TIC y en estos artículos de opinión que se brindan a continuación se analizan factores tan importantes como la educación emocional, el componente económico del llamado «marketing educativo», el análisis del error para el aprendizaje y la necesidad de transformar la mirada de los profesores sobre su propia práctica docente.

En el artículo Innovar para curar: hacia una educación psicoemocional en la escuela, Irene González-Cano Valera explica la necesidad de adoptar metodologías relacionadas con la educación emocional en este contexto educativo pandémico y post-pandémico. Juan Gavira Marcos, por su parte, reflexiona en ¡Qué error más tonto! sobre la importancia de incorporar el error en nuestras clases y cambiar la visión de fracaso por la de oportunidad. Mario Gutiérrez Blanca muestra en el texto La innovación y el marketing educativo. Cuando el futuro y el mercado van juntos al cole la relación que existe entre la tecnologización de la educación y la economía y de qué forma el mercado condiciona también la innovación en el aula. En su artículo TIC: ¿Traen Innovación Consigo?, Rubén Guinot Cámara opina que el verdadero motor de cambio en las aulas debe ser el deseo de mejora del profesorado y finalmente Frutuoso Atencia Requena en ¿Lo malo conocido puede ser… lo bueno por conocer?, muestra la siguiente paradoja: la innovación puede relacionarse con apagar los dispositivos más que con conectarse a ellos.

Silvia Eva Agosto

 

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2.
Irene González-Cano Valera
Innovar para curar: hacia una educación psicoemocional en la escuela

Un par de semanas en un centro escolar bastan para darse cuenta de la sensación general de apatía, desánimo e inapetencia que invade a los jóvenes, y entender dónde subyace el principal problema y hacia dónde debemos actuar en materia de futuro: la salud mental de nuestros educandos.

Sin la menor pretensión de infravalorarlos, los nuevos retos pedagógicos que buscan dar respuesta a la realidad posmillenial de los adolescentes, hoy día se han visto superados por los efectos psicológicos de una pandemia que luchan por ocupar un sitio en nuestras aulas.

La adolescencia conforma una etapa de desarrollo neurológico y psicosocial crítica, donde la influencia del entorno exterior y la relación entre iguales son de vital relevancia para la fijación de factores básicos que tienen lugar durante este proceso, como la autoestima o la imagen personal. De este modo, el cierre de la educación presencial y el aislamiento domiciliario, sumados a la falta de estímulos y las restrictivas medidas posteriores ─sin mencionar ya, circunstancias adversas como el miedo a ser contagiado, situaciones familiares desfavorables o la pérdida de un ser querido─ que han provocado el descuido de estas necesidades básicas, en muchos casos se han visto derivadas en la aparición de enfermedades mentales graves como depresión, ansiedad, trastornos alimenticios, inclinación al suicido, o acrecimiento de los problemas mentales que ya pudieran padecer de antemano. En fin, una fatiga pandémica que poco tiene de fatiga si se junta con el combo hormonal propio de esta etapa, y que ha convertido a los menores en el colectivo más afectado a efectos emocionales por la Covid-19.

Podríamos decir así que, tanto a efectos sociales como educativos, nos enfrentamos ante una situación insólita que no se puede dejar en manos del protocolo vigente hasta el momento. Nuestros alumnos ─y futuros profesionales─ nos están demandando un mayor compromiso humano, una mayor inversión y el diseño original de una línea de atención individual, capaz de prevenir, actuar y dotarles de las armas necesarias para poder hacer frente a su peor enemigo.

Por tanto, y para terminar, como respuesta a la pregunta de qué caminos son los más óptimos para mejorar la enseñanza, me inclino hacia la idea de que la innovación ─hoy día─ debe ser más social que tecnológica, a través de la adopción de metodologías que dirijan la mirada hacia la educación emocional que tan escondida ha estado y parece seguir estando en nuestros sistemas educativos. Puesto que apoyándome en la defensa de Verónica Antón en un artículo al respecto (2020):

No hay aprendizaje si la emoción o la vivencia es desbordante o invade completamente el mundo interno de las criaturas.

Bibliografía

 

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3.
Juan Gavira Marcos
¡Qué error más tonto!

Cuando empecé a formarme como profesor de ELE, no pasó ni un solo día en que no me recordasen la importancia del error. Antiguamente concebido como algo de lo que avergonzarse, el error es ahora un indicador del progreso y la iniciativa de los alumnos (Blanco, 2002). Es por ello que me llama la atención que, tanto en mi experiencia como alumno como en la de profesor en prácticas, haya observado que la visión del error como fracaso sigue siendo una realidad para alumnos y profesores.

La innovación en la educación secundaria española parece ir años por detrás de las metodologías y propuestas innovadoras de los ámbitos no formales. Como ejemplo, cuando se pudo ver el Aprendizaje Basado en Proyectos (ABP) en los institutos públicos, los profesores de lenguas extranjeras llevaban años enfocando sus clases por tareas (Casquero, 2004; VV.AA., 2012). Esto, sin embargo, tampoco debería extrañarnos si tenemos en cuenta algunos problemas de la educación secundaria española, como las elevadísimas ratios o la inestabilidad de las leyes educativas. Ahora bien, no todas las propuestas innovadoras son tan exigentes como el paso de la enseñanza tradicional a una metodología como el ABP.

Los cambios en la evaluación pueden suponer una revolución en la realidad del aula tanto para los alumnos de un grupo como para su profesor. Una visión distinta de la evaluación, la calificación y el error, más comprensiva y coherente (¿qué sentido tendrían los profesores en un mundo sin errores?), no solo ayudaría a que los alumnos perdiesen el miedo a compartir lo que creen por poder ser tachados de ignorantes, sino que también abriría la puerta a que el profesor pueda admitir sus errores como algo natural (Pérez, 2017). ¿Qué sentido tiene, entonces, seguir evaluando tan duramente?

Obviamente, mi experiencia, aunque similar a la de varios de mis compañeros del máster, no tiene por qué dar cuenta de la realidad general de la educación secundaria española. Sin embargo, que ni innovaciones tan sencillas de implementar como estas sean la norma llama la atención y me hace plantearme una serie de preguntas. ¿Son realmente problemas como los mencionados los únicos que dificultan la implementación de innovaciones? ¿Cómo puede ser que un tema tan importante como el tratamiento del error sea meramente reseñado en un máster habilitante para la enseñanza en la educación secundaria? Y, por último, pero no menos importante, ¿qué peso puede tener en esto que se siga oyendo que carreras como Magisterio son «de pinta y colorea»?

Bibliografía

 

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4.
Mario Gutiérrez Blanca
La innovación y el marketing educativo. Cuando el futuro y el mercado van juntos al cole

«Gafas de realidad virtual», «informática basada en gestos», «analíticas virtuales de aprendizaje». No es raro encontrar alguno de estos términos en las noticias que los medios de comunicación hacen circular en torno a la innovación educativa (Sobre Tiza, 2021; Manjarrés, 2021; Castilla Devoz, 2021). Al fin y al cabo, es de todos sabido que la imbricación entre tecnología y educación constituye uno de los enfoques más atractivos cuando se habla de este tema. Y es lógico. A lo largo de las últimas décadas hemos asistido a una revolución tecnológica que ha transformado por completo la mayoría de los ámbitos de nuestra vida. ¿Cómo iba a quedar la educación fuera de este proceso?

Esta tecnologización de la educación, sin embargo, es una entelequia si no se concibe a partir de su base material y se deja al margen la cuestión de quién pone el dinero y cuáles son los intereses que subyacen a esta inversión económica. «El futuro está aquí», podrán decir algunos al referirse a los nuevos recursos y metodologías que mencioné al comienzo. Pero cabría añadir un matiz: el futuro está aquí —es cierto—, pero hay que pagarlo. Y de la decisión de hacerlo o no depende el posicionamiento de los centros y modelos educativos dentro del mercado. En otras palabras: además de orientarse a la búsqueda de nuevas formas de transmitir y generar conocimiento, la tecnologización de la educación, ante todo, es hoy una cuestión de marketing educativo.

La condición de empresas de los centros privados hace del marketing educativo uno de los pilares insoslayables de su proyecto. En última instancia, se rigen por las leyes del mercado y su supervivencia depende de en qué grado respondan a las demandas de las familias y de cuál sea su capacidad para diferenciarse de la competencia. Dado que la oferta educativa/competencia es amplísima, los centros privados/las empresas están apostando por renovar incesantemente las infraestructuras tecnológicas e implementar métodos educativos aparentemente novedosos. Y no es algo arbitrario. La novedad y el deseo de diferenciación están entre los mayores los mayores acicates para el consumo (Baudrillard, 2009). Es lo que mantiene vivo al sistema. No obstante, ¿son estas dinámicas compatibles con la educación? ¿Pueden y deben competir los centros públicos en este terreno? Probablemente, no. Pero de la búsqueda de alternativas, de una relación más razonada y menos mercantil con la tecnología, dependerá el futuro de la educación.

Bibliografía

 

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5.
Rubén Guinot Cámara
TIC ¿Traen Innovación Consigo?

Hoy en día, parece imposible hablar de innovación educativa sin mencionar las llamadas TIC (Tecnologías de la Información y Comunicación), como si su mera utilización ya conllevara, de manera intrínseca, una actitud de renovación metodológica. Pero no debemos engañarnos: el hecho de usar las TIC no nos convierte mágicamente en docentes innovadores; nada más lejos de la realidad.

En los últimos tiempos, numerosos profesores han decidido integrar las TIC en el día a día de las aulas, pero ¿es realmente este cambio un signo de mejora? Según Aguiar y Velázquez (2019), en la utilización de estas nuevas tecnologías todavía prevalece una simple función sustitutiva de las herramientas tradicionales; el potencial de las TIC se ve reducido a la producción de las versiones digitales de los conocidos libros de texto o las acostumbradas pizarras. Y, por si esto fuera poco, Adell y Castañeda (2012) afirman que este es el empleo de las TIC que mejor se ha incorporado en los centros y el que más decididamente apoyan las Administraciones educativas.

En mi opinión, convendría aliviar en buena medida la generalizada fiebre tecnológica que ha invadido el ámbito de la innovación, ya que, si bien es cierto que las TIC ofrecen una amplia gama de facilidades que sería ridículo rechazar, la utilización excesiva de las mismas puede volverse contraproducente:

las potenciales ventajas de las tecnologías de la información, de la comunicación y del aprendizaje pueden tornarse, en función de un mal uso o de un abuso incontrolado, en desinformación, incomunicación y desaprendizaje.

(Carbonell, 2015).

Una vez visto lo anterior, podemos sacar, principalmente, dos conclusiones: por una parte, que las TIC no son en esencia innovadoras, y, por otra, que conviene utilizarlas solo cuando es preciso. Pero ¿es posible entonces conseguir la ansiada renovación metodológica a través de las nuevas tecnologías? Según Vaillant (2013), las creencias pedagógicas del docente son el elemento clave para lograr un uso innovador de las TIC. Al fin y al cabo, el único motor de innovación es nuestro afán de cambio, nuestro deseo de mejora; es nuestro ideal el que debe moldear los diferentes instrumentos de los que se dispone, y no al contrario.

Quizá más de un gurú de los que predican una tierra prometida regida felizmente por las TIC emita un flébil lamento al escucharlo, pero la innovación no se encuentra en una determinada herramienta ─por novedosa que sea─, sino en nuestro interior. Y no hay otro lugar donde buscarla.

Bibliografía

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6.
Fructuoso Atencia Requena
¿Lo malo conocido… puede ser lo malo por conocer?

Innovar es, según la primera acepción del DLE, «mudar o alterar algo, introduciendo novedades». Partiendo de esta definición, ¿podemos considerar hoy, en cualquier ámbito social, la utilización de las TIC como una novedad? A simple vista, la respuesta es evidente. Pero basémonos en datos.

Según la última Encuesta sobre equipamiento y uso de tecnologías y comunicación en los hogares del INE (noviembre de 2020), el 93,2% de la población de 16 a 74 años ha usado Internet en los tres últimos meses, y más del 80% de encuestados navegan a diario. Pasaron ya los tiempos en que, como explicaba Adell (2012:15), las pedagogías emergentes estaban ligadas a las tecnologías incipientes y no muy difundidas. Hoy las TIC son de patrimonio general, imprescindibles para que alguien forme parte activa de la sociedad. Los que nacimos en torno al 2000 pegamos el estirón con ellas. Los nacidos en esta década se amamantarán a su lado.

La presencia de las TIC en todos los ámbitos y generaciones que conforman la sociedad contemporánea ha provocado que la escuela deba adaptar sus métodos a los tiempos que corren. Hace apenas un decenio, cualquier utilización de esas tecnologías en una clase era novedosa; hoy, incluso, puede resultar insuficiente. Tenemos que ir un paso más allá y asumir de una vez por todas las TIC como una herramienta natural del aula. Es cierto que un uso incorrecto de las mismas desencadena efectos negativos; pero, como señalan Díaz-Vicario, Mercader y Gairín (2019:8), tan solo “se trata de buscar el equilibrio y educar en su uso responsable”.

Conseguir hoy una verdadera innovación docente, aunque parezca paradójico, puede que pase precisamente por desconectarse de la red wifi y apagar los múltiples dispositivos. Nosotros, profesores de Lengua y Literatura en ciernes, podemos acudir a los recursos que nos brinda la enseñanza de nuestra materia para intentarlo. Si seguimos empeñados en lo imprescindible que resulta para la formación de un ciudadano del siglo XXI el conocimiento de los tópicos literarios, ¿por qué no proponer una clase en un auténtico locus amoenus, a la luz del sol, leyendo en páginas de papel las cuitas de Salicio y Nemoroso? Hacer esto significaría volver no solo a una clase tradicional, sino retornar al siglo XVI. ¿Va esto en detrimento de la innovación? El DLE vuelve a despejar nuestras dudas: curiosamente, en la segunda acepción de innovar encontramos esto: «desus. Volver algo a su anterior estado».

 

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7. Créditos del artículo, versión y licencia

ATIENZA, Fructuoso; GAVIRA, Juan; GONZÁLEZ-CANO, Irene; GUINOT, Rubén; gutiérrez, (2021). «La innovación educativa a debate». Letra 15. Revista digital de la Asociación de Profesores de Español «Francisco de Quevedo» de Madrid.Año VIII. Nº 11. ISSN 2341-1643
[URI: http://www.letra15.es/L15-11/L15-11-22-Nuevas.voces-F.Atienza.J.Gavira.I.Gonzalez-Cano.R.Guinot.M.Gutierrez-La.innovacion.educativa.a.debate.html]

Recibido: 12 de mayo de 2021.

Aceptado: 13 de mayo de 2021.

 

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