Letra 15. Revista digital
Revista digital de la Asociación de Profesores de Español «Francisco de Quevedo» de Madrid - ISSN 2341-1643

Sección CARPE VERBA

Carpe Verba

1.
Novela por entregas
El hedonista o los laberintos del placer

Azucena Pérez Tolón:

Azucena Pérez Tolón

Licenciada en Filología Hispánica y Periodismo por la Universidad Complutense de Madrid. Posee un Master de Radio y en los años 90 ejerció su labor periodística en RNE y Onda Cero. Catedrática de Educación Secundaria en Lengua Castellana y Literatura ha desarrollado su labor docente desde 1982 en diversos centros públicos de la Comunidad de Madrid, en la que también ha sido Asesora de Formación del Profesorado. Es coautora de varios libros de texto de Educación Secundaria y Bachillerato de la Editorial Edelvives y Casals. Ha colaborado en diversos proyectos educativos y culturales como Guía didáctica para la visita del Museo del Romanticismo en Madrid. Ha publicado la novela El peso de la ausencia con el sinónimo de Azucena Charmes. Actualmente es la secretaria de la Asociación de Profesores de Español «Francisco de Quevedo» y cofundadora de la revista Letra 15.

A modo de prólogo

Dentro de Carpe Verba, nos permitimos en este número de la revista Letra 15 inaugurar una nueva sección de novela por entregas. Se trata de recuperar el folletín del Romanticismo y del Realismo, en un sentido homenaje a la figura del ilustre don Benito Pérez Galdós del que celebramos el pasado año el centenario de su muerte. En pleno siglo XXI y en época de pandemia queremos hacer un guiño a esta fórmula literaria que se convirtió en todo un fenómeno sociológico en el siglo XIX. La literatura siempre ha sido y será una válvula de escape para las personas en momentos de desolación e incertidumbre: así fue en el siglo XIX y tal vez pueda serlo también en el siglo XXI. No olvidemos que algunas de las grandes novelas de nuestra cultura se publicaron con esta fórmula: Los tres mosqueteros y El conde de Montecristo de Alejandro Dumas, Los miserables de Víctor Hugo, Madame Bovary de Flaubert o Doña Perfecta de Pérez Galdós.

Cabe recordar que el término folletín daba nombre a una sección del diario, ubicada generalmente al pie de las amplias páginas de entonces, y que se utilizaba para publicar novelas fragmentadas en entregas sucesivas generando suspense y curiosidad en los lectores. Es muy atrevido por nuestra parte acogernos a esta fórmula en una época en la que a través de Internet podemos acceder a todos los relatos y todas las informaciones en unos minutos sin tener que esperar al número siguiente para ver cómo continúa una historia, pero tal vez sea esta una manera de cultivar la curiosidad y la paciencia y fomentar el gusto por la lectura sosegada. Por otro lado hemos elegido la temática erótico-festiva que nos permite igualmente resucitar un tipo de novelas que forma parte de nuestro acervo cultural. La literatura erótica tiene una historia de varios cientos de años, no en vano, el erotismo siempre ha estado ligado a nuestra cultura. Ya Aristófanes en la Antigua Gracia nos dejó Lisistrata, una obra de teatro que para muchos inaugura el género pero tras él son muchos los títulos que configuran nuestros referentes culturales en la materia como El arte de amar de Ovidio, el Kama Sutra, Las mil y una noches, El Decamerón de Bocaccio o Justine del Marqués de Sade.

El siglo XX ha contribuido también con importantes títulos de literatura erótica como El amante de Lady Chatterley, de D. H. Lawrence; Historia de O, de Pauline Réage, Lolita de Vladimir Nabokov o los diarios de Anaïs Nin. En las últimas décadas hemos asistido a uno de los grandes éxitos editoriales en este tipo de novelas con la trilogía de la escritora británica E. L. James Cincuenta sombras de Grey (2011), también llevada al cine. De todo ello cabe deducir que la novela erótica siempre estará de moda.

Con ello queremos también homenajear a un cineasta español y erotómano declarado como Luis García Berlanga que tanto hizo por el género en nuestro país. Entre los años 1979 a 2004 presidió el jurado de uno de los premios más relevantes de literatura erótica en España: La sonrisa vertical, convocado y editado por Tusquets Editores. En él participaron obras como Elogio de la madrastra de Vargas Llosa o Las edades de Lulú de Almudena Grandes, obra que catapultó a la fama a esta escritora.

Hemos aunado, por lo tanto, fórmula y temática de siglos diferentes y personajes diferentes pero unidos todos por el amor a la literatura. Esperamos estar a la altura de las expectativas que se hayan podido crear y pedimos perdón de antemano por tamaño atrevimiento.

 

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El hedonista o los laberintos del placer
Entrega primera.
El hedonista no nace, se hace

 

I. Placer y dolor

¿A quién le importa el dolor si la recompensa final es el placer?

Había estado planeándolo toda la tarde, desde la cama analizaba concienzudamente la ventana y todos sus artilugios, tratando de imaginar cuál sería la mejor manera de hacerlo. Parecía increíble que aquel artefacto un poco ruinoso y nada erótico en sus formas pudiera proporcionarme algún tipo de placer.

Gonzalo nos había hablado de aquel juego y yo fui el primero en querer probarlo. Tras la cena estábamos los cuatro en la habitación, había llegado el momento. Me acerqué con parsimonia a la ventana, observé detenidamente la persiana de madera, ya desgastada. Me quité la camisa, mi cuerpo era aún raquítico y demasiado blanco, no estaba nada orgulloso de él así que traté de ignorarlo. Miré con desazón aquellos bultitos rosados y rugosos que tímidamente sobresalían de mi pecho escuálido y sin un pelo. Notaba mi propia respiración entrecortada como quien se encamina a una ceremonia desconocida, temida y deseada a la vez y por primera vez noté un temblor incontrolado en el labio inferior.

Siguiendo las indicaciones de Gonzalo, me subí en un taburete bajo que había traído del cuarto de baño lo que me permitía estar más o menos a la altura de la mitad de la ventana, respiré hondo, introduje con cuidado una de mis tetillas en la ranura de aquella persiana izada hasta poco más de la mitad, el corazón me latía deprisa, compulsivamente; observé que aquella débil prominencia de mi cuerpo se había endurecido involuntariamente con el contacto frío del metal, una gota de sudor se desprendía de mi barbilla, cerré los ojos, volví a respirar y tiré con fuerza de la cuerda para que la persiana bajara de golpe.

Fue sólo un segundo, dejé escapar un grito, me estremecí hasta perder el equilibrio, pero logré mantenerme agarrado a la cuerda, sentí un ligero pellizco que me produjo un punzante dolor, un breve escozor y después la calma. Una lágrima incómoda resbaló por mi mejilla. Abrí los ojos, mis manos estaban temblorosas, me limpié con cuidado las gotas de sudor que me caían por la tetilla izquierda.

Gonzalo fue el primero en hablar.

─¿Qué, tío, te ha gustado?

─Claro, colega, creo que ahora tengo que ir a cascármela.

Se rieron. Luis abrió desmesuradamente sus ojos descoloridos y dibujó una sonrisa bobalicona mientras Gonzalo me daba una palmada en el hombro. Lucas se quedó pensativo.

No me gustaba utilizar esa palabra: «cascar» desde jovencito me he considerado un esteta del lenguaje y he preferido palabras más sutiles, pero era la más apropiada para la ocasión y no debía defraudar a la concurrencia.

Repetí aquel juego algunas veces más, cuanto más subía la persiana y más profundamente introducía la tetilla en aquel orificio, mayor era el resultado, más visible el gozo. El dolor se confundía con otra sensación más placentera. Aquellos pellizcos insolentes, me encendían de la cabeza a los pies y me hacían sentir un calor húmedo en la bragueta. Desde entonces uno de mis mayores placeres ha sido sentir un fuerte mordisqueo en los pezones erectos. El placer es una sensación indescriptible que te invade, te obsesiona y crea adicción.

Don Emilio, mi profesor de Filosofía me dijo en una ocasión que el que busca incansablemente el placer es un hedonista. Me gustó mucho aquella palabra y la hice mía. Siembre he buscado los placeres que ofrece la vida que son muchos aunque eso me llevara al filo de la navaja o al borde del abismo. Nunca he podido resistirme al deseo, a la pasión descontrolada, ni a los juegos perversos a veces dañinos. He sido libre y prisionero, feliz y desgraciado, he vivido a tope y he hecho daño pero nunca he engañado a nadie.

A los once años lo descubrí: el placer y el dolor van inevitablemente unidos, como el bien y el mal, como una espada de doble filo, como las dos caras de la misma moneda que tiras al aire para seguir creciendo.

 

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II. Emociones compartidas

Había sido un niño tímido, enrojecía hasta el último pelo de la cabeza cuando alguien me dirigía la palabra, por lo que casi siempre estaba semiescondido en mi cuarto. No me gustaba la gente, ni los vecinos, ni los primos, odiaba las celebraciones familiares y las reuniones multitudinarias. En mi condición de niño enfermizo siempre fui tratado con mucho mimo sobre todo por mi madre y esa sensación del arrullo suave y acariciador es hoy uno de los mejores recuerdos de mi infancia.

Mi madre era una mujer muy cariñosa, de palabra fácil, besos sonoros y abrazos rotundos. Era también amante de la buena vida, los sábados dedicaba horas a bañarse, era su momento especial, nadie podía molestarla, sólo yo podía disfrutar con ella del agua tibia y la espuma envolvente. Jugábamos felices en aquella bañera que entonces me parecía inmensa. La abrazaba, olía sus pechos sonrosados, sus pezones grandes, rojizos que resaltaban sobre el blanco de su piel, los chupaba y succionaba su interior y ella me acariciaba el rostro con sus manos y me besaba los ojos y las orejas. Mi madre solía recordar años más tarde que sólo me dormía si estaba enganchado a su pecho, chupando uno de sus pezones; incluso cuando ya había dejado de mamar. Todos reían cuando lo contaba y yo enrojecía. «La costumbre se le quitó un buen día a los cinco años, sin saber por qué» decía mi madre, pero yo guardo también para mi ese recuerdo devastador.

Era una tarde calurosa de verano, mis padres solían dormir la siesta y yo me encerraba en mi cuarto a jugar hasta que me quedaba también dormido, aquel día no podía conciliar el sueño ni quería jugar, así que decidí ir al cuarto de mis padres y meterme en la cama con ellos. La puerta no estaba cerrada del todo, una minúscula rendija separaba el quicio de la hoja, había poca luz porque las persianas estaban bajadas y se oía el ruido del ventilador. Abrí un poquito más sin hacer ruido y entonces los vi. Mi madre semidesnuda estaba echada en la cama ligeramente de costado. Mi padre vuelto hacia ella se apoyaba en uno de sus brazos mientras su boca lamía ávidamente uno de sus pezones. Me quedé paralizado. Mi madre emitía unos breves gemidos como si estuviera llorando, acariciaba, entre tanto, el pelo de mi padre, su cara, sus hombros y le besaba en los ojos y en la oreja como solía hacer conmigo. En ese momento odié a mi padre por jugar con lo que era mío y odié a mi madre por consentirlo. Sentí un vacío interior, como cuando te roban un objeto preciado, o cuando descubres que dejas de ser el único y has de compartir con otros lo que hasta entonces habías considerado solo tuyo. Fue mi primer desengaño.

A pesar de mi timidez exterior, tenía una alta consideración de mi persona, me creía un niño listo y hasta precoz, había desarrollado portentosamente mi imaginación y gozaba con las sensaciones placenteras que iba descubriendo en soledad. Había heredado de mi madre el gusto por el agua, el placer de bañarme desnudo en el mar era una de mis aficiones preferidas, el contacto de las olas con mi cuerpo me hacía sentirme fuerte, inmortal; aún hoy, me excita sentir su presión en mi piel, en los muslos, en el pecho, en los genitales, en una lucha contra la naturaleza desbordada que me sigue estremeciendo, a veces siento la urgencia de vaciarme allí dentro, el mar y yo mientras la oscuridad va cubriendo con su manto la playa y los corazones solitarios.

A los diez años mis padres me internaron en un colegio religioso para estudiar bachillerato y de paso que me hiciera un hombre sin tanta protección materna. Allí conocí a algunos de mis mejores amigos que me han acompañado a lo largo de mi intensa vida. Gonzalo Marín era un año mayor porque había repetido curso y ejercía de líder. Era alto y corpulento, un tanto perezoso pero muy listo, sacaba las notas suficientes para ir tirando. Sus padres eran actores y viajaban constantemente con su propia compañía, a veces Gonzalo iba de gira con ellos y nos contaba increíbles historias que amenizaban las tediosas noches de lluvia. Quería ser actor o mago y no entendía qué hacía en aquel colegio triste y aburrido.

Luis Sierra era un chico grandullón, atolondrado y mal estudiante, sin personalidad definida que pronto se convirtió en el acólito de Gonzalo al que admiraba y obedecía. Sólo estuvo con nosotros tres años, sus padres lo sacaron pronto del colegio porque no lograba aprobar.

Lucas Corsini era diferente, tenía aspecto aniñado, tímido y una mirada penetrante y misteriosa. Su padre era un famoso médico y vivían en uno de los mejores barrios de Madrid, no entendíamos por qué estaba interno en aquel colegio, él nunca hablaba de eso. Era un chico muy estudioso y formal, poseía un aire aristocrático de finos modales y siempre fue una persona muy especial. Solo íbamos a casa en vacaciones, excepto Lucas, que salía algunos fines de semana.

La educación sexual a principios de los 70 era inexistente, por eso los amigos eran imprescindibles para aprender de esa materia. En aquella oscura habitación del internado nos hicimos las primeras confidencias en materia sexual, exploramos tímidamente nuestros cuerpos preadoslescentes, descubrimos el deseo y el placer. Gonzalo nos llevaba un poco la delantera, sus padres vivían en un mundo un poco más liberal que los nuestros, fue él quien nos habló de aquel juego de la persiana con el que triunfé delante de todos. Mi relación con Lucas era especial. Nunca supe definirla bien. Intentaba estar a su altura, a la altura de su equilibrio, de su sensibilidad, de su inteligencia. Me miraba en él como en un espejo aunque no llegué nunca a entenderlo del todo. En cierta ocasión en clase de Literatura, el profesor recitaba un poema de Bécquer cuando sentí su mano sudorosa apostada en mi muslo por debajo del pupitre, noté que el pantalón se humedecía por el contacto, parecía emocionado, no nos miramos pero instintivamente puse mi mano encima de la suya, Lucas no hizo nada pero le sentí temblar ligeramente, cerré unos instantes los ojos mientras oía la voz de don Miguel y percibí el calor cercano de Lucas, el contacto de otra carne. Un sentimiento extrañó me embargaba. Me estremecí. Fue una emoción compartida, la primera que había tenido en mi vida. El timbre que anunciaba el cambio de clase me devolvió a la realidad. Nunca hablamos de aquel episodio pero me sentí confuso durante horas. «¿Qué ha sido esto?», pensaba desorientado.

Don Miguel era un cura joven, alto, con rostro afilado, como los galanes de cine en blanco y negro. Era nuestro profesor preferido en Tercero. Tenía una mirada envolvente, unos ojos verdes felinos que contrastaban con su tez demasiado morena. Lo que nos impactaba ante todo era su voz, fuerte y melodiosa capaz de recitar un poema y captar nuestra atención, la atención de unos adolescentes asilvestrados. Don Miguel congenió con Lucas de manera especial se pasaban horas enteras en la biblioteca comentando lecturas, paseando por el jardín en charla amigable.

Empecé a sentir envidia o celos de aquella amistad, tenía curiosidad por saber de qué hablaban cuando estaban solos. Una noche de primavera, Gonzalo nos sorprendió a todos con una botella de ginebra que había robado a sus padres y había logrado introducir en el colegio. Bebíamos a morro, él nos deleitaba con historias subidas de tono, que ocurrían en el mundo de la farándula al que él quería pertenecer. A Gonzalo le gustaba utilizar palabras contundentes que deletreaba con placer: tetas, coño, polla, los demás reíamos azorados.

Aquella noche Lucas bebió un poco más de la cuenta, le acompañé al baño para que vomitara, se le saltaban las lágrimas y los gemidos eran cada vez más fuertes, tuve que taparle la boca para que no despertara a todo el mundo. «¡Vaya una melopea llorona!», decía Gonzalo. La fiesta se acabó y se metieron todos en la cama para intentar dormir, yo me quedé un rato sentado en la litera de Lucas para ver si se tranquilizaba, se agarró fuerte a mi mano y empezó a susurrar palabras entrecortadas entre hipidos, pude reconstruir algunas como alma gemela, deseo, sexo, amor, Don Miguel… Me quedé desconcertado ¿Qué trataba de decirme? Su voz cada vez más clara confesó algo inimaginable. Su relación pecaminosa con Don Miguel, el sexo desnudo, la excitación de los cuerpos, la descarga eléctrica….de repente lo entendí todo. La melancolía de Lucas, la mirada triste del cura, los paseos solitarios y el deseo caminando a su lado sin tregua. Aquella noche me masturbé imaginando a don Miguel sudoroso de rodillas frente a Lucas, desabrochando la bragueta, liberando la verga y chupándola con parsimonia hasta provocar un estallido de placer, mientras detrás ardían las llamas del infierno. «El deseo es lo más fuerte que existe, más fuerte que la sensatez y la voluntad» ─me había dicho Lucas.

Poco después Don Miguel desapareció del colegio. No supimos nunca el motivo de su marcha, se decía que se había ido a las misiones o que estaba enfermo, incluso que había colgado los hábitos, lo cierto es que no estaba. Durante un tiempo Lucas arrastraba su cuerpo por los pasillos y las clases como un alma en pena. Yo nunca revelé su secreto.

Llegó el verano. Lucas y yo nos veíamos con frecuencia. Gonzalo estaba de gira con sus padres. Un día de finales de agosto nos estábamos bañando en la piscina de su casa, al atardecer, le conté que de pequeño me gustaba mucho bañarme desnudo y me animó a que me quitara el bañador. No había nadie. Antes de que pudiera reaccionar mi amigo se había quitado el suyo y nadaba ya desnudo en la penumbra. Le seguí, dejé el bañador en el borde y caí en bomba sobre él, nos zambullimos, con el roce de los cuerpos desnudos y el juego, noté que me empalmaba, nervioso, traté de esconderme, pero cuanto más disimulaba, la erección era más evidente. Lucas se me acercó aún más y dijo algo sobre la presión del agua y el crecimiento del pene, utilizó esa expresión cursi y me reí. Entonces, noté su mano acariciándome por debajo del agua.

─Así que te has empalmado, ¿eh? ─dijo.

Estaba mirándome fijamente, bajé los ojos y sentí su mano recorriendo mi verga con precisión, mis pezones se pusieron firmes, dejé de luchar contra lo inevitable y me abandoné. Me había masturbado muchas veces pero aquella sensación era más fuerte. Algunos segundos después era su boca la que succionaba, lamía, chupaba con un ritmo creciente que terminó por desmoronarme en un espasmo descontrolado.

Lucas se había sentado en el bordillo, lo contemplé unos momentos y me pareció guapo. Me puse delante de él y empecé a masturbarle, me esforcé en hacerlo bien aunque era la primera vez que manipulaba la polla de otro tío. Creo que mis manos estuvieron a la altura pero no me atreví a metérmela en la boca. Lucas se corrió pronto, ya estaba bastante excitado. Nos sentamos uno al lado del otro sin hablar. Ya era de noche. Una tenue luz iluminaba el rostro de mi amigo. Lo miré fijamente.

─Lucas, yo no soy marica ─susurré con un hilo de voz.

No dijo nada. Salió de la piscina hacia la casa. Me quedé solo. Me tumbé unos minutos en el césped confuso sobre mi orientación sexual mientras la Luna, con una mueca burlona se reflejaba en el agua.

 

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III. Chicas y autoestima

Antonio Llorente entró en el colegio en cuarto curso. Tenía algunos años más que nosotros, al parecer había repetido en otros colegios hasta que sus padres lo llevaron interno. Parecía muy diferente a nosotros, bravucón, pendenciero y un poco vulgar; nos impresionaba con sus comentarios soeces y provocadores. Su familia tenía una empresa de mudanzas internacionales, habían hecho dinero rápido y su padre se había empeñado en que el hijo menor estudiara una carrera pero lo tenía difícil. Toño parecía haberlo probado todo, se había emborrachado, se había acostado con fulanas, y tenía una novia que se dejaba tocar las tetas en la parte trasera del coche de su hermano o debajo de un árbol en el parque. Se jactaba del tamaño de su polla y retaba al que lo dudara en una inusual competición: sostener con ella un vaso lleno de agua sin derramar una gota. El siempre ganaba.

Paseaba desnudo por la habitación y se toqueteaba siempre que le apetecía delante de los demás sin ningún pudor. Nos contó que una vez lo hizo en clase, en el colegio anterior, delante de una profesora que huyó despavorida del aula ante las risotadas de todos sus compañeros. Toño no quería estudiar, soñaba con ser contrabandista o marinero, tener una novia en cada puerto y poder tatuarse el nombre de todas ellas por su cuerpo hasta que no quedara ningún rincón libre. Soñaba en voz alta con vivir en alguna isla caribeña cuyas mujeres tenían culos espectaculares y follaban a todas horas. Entre tanto pasaba el tiempo en el colegio sin dar ni golpe suspendiendo todas las asignaturas, excepto Gimnasia porque saltaba el potro como nadie y era el mejor portero del equipo de fútbol.

Toño y yo conectamos pronto, pero a Gonzalo y Lucas no les caía bien. Aunque ellos seguían siendo mis mejores amigos, empecé a frecuentar la pandilla de Toño, sobre todo en Quinto. Toño también salía los fines de semana y yo le acompañé algún sábado, los curas nos dejaban salir al inicio del Bachillerato superior. En su casa vi por primera vez una película porno, la había traído su hermano Jesús de Perpiñán, sería mediados de los setenta, todos estábamos muy verdes en esa tema, así que la película causó furor entre la panda. En ella se veía claramente follar a un tío y una tía, incluso un triángulo follador en el que dos tías se lo montaban con un negro. Veíamos una y otra vez algunas escenas y acabábamos haciéndonos una paja en el baño, en el cuarto de Toño y hasta en la cocina sin ningún pudor.

Con la panda de Toño a veces venían chicas aunque todavía no sabíamos muy bien cómo tratarlas. La más popular era su vecina Ángela, que debía tener 20 años y nos miraba a todos por encima del hombro porque nos consideraba enanos imberbes. Era una chica desgarbada con el pelo rojo y pecas en la cara, experta en tacos malsonantes.

Una tarde en el cine se sentó entre Toño y yo en la última fila, al poco de iniciarse la película vi que mi amigo le metía mano por debajo del jersey y ella le correspondía manoseando su bragueta. Oí el ruido de la cremallera del pantalón de Toño y vi de refilón que ella tenía su polla entre las manos, Toño había dejado su escote para recorrer su muslo debajo de la falda. Me entraron unos sudores de muerte, no podía mirar la película, sólo lo que estaba sucediendo a mi lado, me moví nervioso en mi asiento y sentí que me estaba empalmando por momentos. Ángela también pareció darse cuenta, susurró algo en el oído de Toño y vi asombrado cómo dejaba la bragueta de mi amigo para llegar hasta la mía, liberar mi polla y rodearla con una mano. Después con la otra volvió a retomar la de Toño, nunca había sentido algo semejante, nos estaba masturbando a los dos al compás con una destreza inimaginable, se me nubló la vista, tenía que hacer esfuerzos por contener la respiración, Toño seguía correteando por debajo de la falda de Ángela y yo le pellizcaba los pezones, que estaban libres. La temperatura de la sala subía y el aire se espesaba, en la pantalla grande los indios se peleaban con los soldados americanos, los gritos de los personajes se confundieron con un gemido seco de Toño que acaba de correrse, sólo un instante antes de que yo expulsara mis fantasmas en un espasmo contenido. Durante un momento nos quedamos paralizados, la chica como si tal cosa se limpió las manos con un pañuelo mientras el Séptimo de Caballería ganaba la batalla y regresaba al Fuerte.

En COU las cosas cambiaron bastante. Gonzalo había dejado los estudios, tras aprobar sexto y reválida porque quería ser definitivamente actor, Lucas estaba centrado totalmente en los estudios, quería hacer Medicina y se pasaba el día empollando para sacar una buena nota. Yo seguía renqueando, aprobaba por los pelos y con la ayuda de Lucas y seguía divirtiéndome con la panda de Toño los fines de semana.

Por primera vez aquel curso fue mixto, seis chicas habían entrado en mi clase y dos en la de Lucas, el colegio estaba revolucionado. Las chicas no estaban internas, se quedaban a comer y a las clases de la tarde, luego regresaban a sus casas pero por primera vez las mujeres de carne y hueso empezaron a formar parte de nuestra vida cotidiana. Por primera vez también tuvimos una profesora, la señorita Cristina nos enseñaba Francés, era muy joven, tal vez tendría 24 o 25. Todos estábamos locos por ella, nos engatusaba con aquel acento nasal y cansino del idioma que tan bien se acoplaba a sus labios finos y rosados. Las clases estaban llenas a pesar de que el idioma no entraba en Selectividad. A veces la imaginaba con medias negras y vestido ceñido como el que había visto en algunas películas porno en casa de Toño. Aquel año más de uno se hizo una paja pensando en la señorita Cristina.

Entre mis compañeras había una chica con la que me gustaba charlar, fue mi primera amiga, se llamaba Sofía, era menudita y muy morena. Siempre llevaba las manos pintadas de bolígrafo y las uñas mordidas. Quería estudiar periodismo y ser reportera de guerra, pero yo no me la imaginaba corriendo en un campo de batalla entre soldados y balas, con aquel cuerpo tan frágil y aquella mirada tan dulce. Casi éramos inseparables, algunos rumoreaban que éramos novios, pero ni siquiera nos habíamos besado. Un día después de comer fui a dar un paseo con ella y encontramos a Lucas, al que apenas veía, los presenté y observé una luz brillante en los ojos de Sofía que no supe descifrar.

Cuando llegó Navidad hubo una fiesta en el colegio, la primera gran fiesta, ya éramos mayores y se nos permitían ciertas cosas. En el Gimnasio se montaron unas mesas con canapés y varios voluntarios ponían sus discos preferidos. Sofía y yo estuvimos bailando mucho rato, me gustaba estrecharla entre mis brazos, me sentía importante. La luz era tenue, creo que sonaban los Bee Gees, rodeé su pequeña cintura, su pelo olía a lavanda, notaba el latido de su corazón y un calorcillo placentero me subía hasta la garganta, la besé en el cuello y el lóbulo de la oreja con cierto nerviosismo, cuando busqué sus labios con avidez ella se retiró.

─Nos están mirando ─dijo. Será mejor que nos sentemos.

Por primera vez me sentí rechazado, fue un golpe duro para mi autoestima.

Nos acercamos a la barra a tomar un refresco, allí estaba Lucas, no le había visto en toda la tarde, nos abrazamos y bromeamos unos minutos. Descubrí que Sofía tenía una expresión inquieta, su boca dibujaba una sonrisa nerviosa, respiraba deprisa y sus ojos apenas parpadeaban. Suspiró con vehemencia cuando Lucas se alejaba.

─¿Te ocurre algo ─pregunté.

─Nada, tomemos una coca cola ─ respondió.

Nos sentamos en la hierba del jardín, el encuentro con Lucas me había calmado la ansiedad que me provocaba el cuerpo de Sofía. Entonces empezaron las confidencias y me confesó que estaba enamorada platónicamente de Lucas, mucho antes de que yo se lo presentara, le parecía el chico más guapo del colegio y la volvía loca aquel aire triste y desvalido. Sentí celos y rabia. Yo no estaba enamorado de Sofía pero me gustaba y todo el mundo creía que salíamos juntos. Aquella inocente confesión fue mi primer desengaño amoroso.

─Es una pena ─dijo al fin con una voz lánguida.

─¿El qué es una pena? Lucas es un chico estupendo, y es mi mejor amigo, puedo decirle que baile contigo y así os conocéis un poco más ─dije en un arranque de generosidad.

─No querrá, además todo el mundo lo sabe ─dijo tristemente.

─¿Qué sabe todo el mundo? ─interrogué.

─Que no le gustan las chicas. Que es marica.

Esa palabra retumbó en mi cabeza durante días.

 

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IV. La gatita presumida

En primavera cumplí diecisiete años, soy Géminis auténtico, dicen los que me conocen. Ese día Toño me quería hacer un regalo especial, así que me invitó a acompañarle a un club de alterne al que su hermano mayor era asiduo, para que por fin pudiera meterla y dejara de matarme a pajas, dijo. Él por supuesto ya había ido muchas veces. Acepté de inmediato.

Al día siguiente cuando el comedor estaba abarrotado, me confirmó que el sábado podría colarme en el «puticlub» antes de que los clientes empezaran a llegar. La Vanesa, una amiga de su hermano, no tenía ningún inconveniente en desvirgarme. Se hizo un silencio y todo el mundo pudo oír aquella terrible palabra. Me puse colorado hasta las cejas. Hubo un aplauso ensordecedor. Luego todos seguimos comiendo. A las cinco de la tarde había quedado con Toño a la salida del colegio. Su hermano nos iba a venir a recoger en coche.

─Hostias, colega pareces un Dandy ─me dijo Toño cuando me vio aparecer.

Me había repeinado y perfumado como para ir de boda.

─Ya ves, tío, la ocasión lo merece ─contesté.

Toño también se había peinado hacia atrás y se había puesto una americana que lo hacía mayor, me sentí más niño a su lado, con mis vaqueros y mi jersey azul marino. Unos minutos más tarde divisamos el coche, era un Seat 127 negro con una franja roja un poco hortera y los faros amarillos. Me presentó a su hermano Jesús, un tío alto y robusto que debía tener 24 o 25 años, con una espesa barba que disimulaba una cara picada de viruela. Fumaba un cigarro tras otro y tenía una sonrisa abierta y socarrona.

─¿Así que todavía no la has metido de verdad, eh chaval? ─me lanzó a modo de saludo─. La Vanesa lo arregla en un santiamén ─continuó. Sonreí pero no dije nada. Nos dirigimos hacia la carretera de Barcelona con la música a tope. Apenas hablamos durante el trayecto. Cuando nos apeamos del coche lo primero que llamó mi atención fue un fluorescente cuadrado que se apagaba y se encendía alternativamente donde se leía «La gatita presumida». Era un edificio de dos plantas, pintado de lila, con un farillo rojo en la puerta. El local parecía muy oscuro y casi vacío, presidido por una pequeña barra iluminada por lámparas chinas. Detrás una mujer de unos cuarenta años, pelirroja y con unos labios gruesos pintados de rojo-pasión nos sonreía. Su vestido negro muy ceñido dejaba entrever unas enormes tetas a punto de escapar por el escote y unas caderas demasiado anchas aprisionadas en aquel minúsculo envoltorio.

El hermano de Toño le plantó dos sonoros besos en la mejilla y me presentó, ella sonrió y vi que un diente de oro relucía dentro de su boca. Sentí asco y pensé que aquello no había sido tan buena idea. Traté de relajarme. Oí que la llamaba Rosa, por lo tanto aquella mole del diente de oro no iba a ser la encargada de convertirme en hombre, me calmé y respiré hondo. El local era más pequeño de lo que yo habría imaginado. Cerca de la pista de baile había una puerta negra que se confundía con la pared, entelada también de negro. Por allí salió otra mujer alta y más delgada que la que servía en la barra. Iba embutida igualmente en un vestido muy ceñido que me pareció rojo-granate, cerrado por delante pero con un escote en la espalda que llegaba hasta la misma raja del culo. Iba adornada con un montón de collares multicolores y unos pendientes de aro como las artistas. Tenía el pelo largo y rizado, negro como el azabache, cuando se acercó a nosotros se abrazó efusivamente al hermano de Toño, que le dio un beso en la boca y la levantó del suelo. De cerca no me parecía tan alta, luego dio un beso en los labios a Toño y me miró con curiosidad. Su cuerpo era musculoso, sus piernas largas, sus caderas redondeadas y sus pechos altos y proporcionados, tenía una bonita sonrisa y los ojos negros muy grandes que me recordaron a los de Lucas.

─Así que este es tu joven amigo ─dijo mientras se me acercaba demasiado hasta envolverme en un olor embriagante, dulzón y espeso. ¿Cómo te llamas caballerito, o te ha comido la lengua el gato? ─dijo con sorna.

─Alejandro ─contesté temblorosamente inclinando un poco la cabeza.

─Eres muy educado, Alejandro, y a mí me gustan mucho los chicos educados. Ya verás cómo lo pasas estupendamente ─dijo besándome en la mejilla.

El labio inferior me empezó a temblar, como me ocurría en las ocasiones en las que el nerviosismo y la excitación se adueñaban de mi persona. No podía controlarlo. Me tomó de la mano como a un chiquillo y me condujo a una habitación de la primera planta, estaba un poco aturdido, ebrio por su perfume, mareado por la cerveza y nervioso por lo que se avecinaba. Pero el deseo era más fuerte que los nervios.

El cuarto era pequeño y tenía una ventana cubierta por una cortina de terciopelo rojo, la descorrí y miré hacia fuera pero sólo pude ver trastos viejos ocultos en la noche; en el interior, además de un sillón raído, había un pequeño mueble con todo tipo de frascos y una cama grande con una colcha clara en la que sobresalían inmensas flores rojas y la figura de un pavo real de fuertes colores. Una sola mesilla de noche con una vela encendida y algunos artilugios desconocidos completaban el mobiliario. Me quité el jersey porque tenía calor, supuse que eso quería decir Vanesa cuando me indicó que me pusiera cómodo.

Pocos minutos después la chica, que había desaparecido unos minutos, apareció con un nuevo look, se había recogido el pelo en una coleta alta que le daba un aire más joven, se había quitado el vestido granate y lucía un corpiño transparente, ajustado al pecho que enderezaba sus rotundas tetas. Unas minúsculas bragas que apenas si la cubrían, dejaban sus nalgas al descubierto, unas medias negras sujetas con unas ligas de colores y unos altos zapatos de tacón completaban el atuendo. Me pareció estar viendo una película.

─¿Todavía estas así? ─me dijo mientras se acercaba moviendo las caderas acompasadamente─. ¿Tal vez te gusta que te desnuden? Eso está muy bien. Está claro que eres un señorito muy fino.

Unos dedos largos de largas uñas rojas empezaron a desabrocharme la camisa de mil rayas demasiado infantil, los botones iban saliendo uno a uno mientras ella se había sentado a horcajadas sobre mí. Un calor repentino me subió desde la boca del estómago hasta la cabeza, la saliva se volvía densa dentro de mi boca y sentí que me sudaban las manos y las orejas. Cuando todos los botones estuvieron desabrochados, me quitó suavemente la camisa, que dejó caer al suelo mientras recorría con sus manos mi espalda tensa, su boca se acercó hasta uno de mis pezones y lo mordió débilmente. Di un respingo improvisado en la silla y ella sonrió.

─¿Te ha gustado? ¿Eh? ─Se echó a reír. Relaja un poco esos músculos y sonríe. Tienes una sonrisa preciosa.

Se arrodilló frente a mí, me quitó despacio los zapatos y los calcetines, me bajó la cremallera del pantalón y el prisionero salió disparado en busca de aire fresco. Me hizo auparme un poco para poder quitarme los pantalones lentamente mientras su lengua me recorría el cuello y se detenía en el lóbulo de la oreja. Me sentí ridículo empalmado delante de aquella desconocida, pero ella seguía con su trabajo sin inmutarse. Me cogió el tallo con la mano como si fuera a saludarlo, sentí que un líquido viscoso asomaba a la punta:

─Tanto gusto ─dijo y se volvió a reír.

Me condujo de la mano hasta la cama, yo le miraba el trasero que se balanceaba al compás del taconeo, un calambre en el estómago me impedía andar con soltura. Y el labio me seguía temblando. Ya al lado de la cama me quitó con la boca los calzoncillos, que aún llevaba puestos, con mucha precisión y me sentó. Ella se empezó a quitar el corpiño, muy cerca de mí, olía el desodorante de sus axilas, un corchete tras otro sin dejar de mirarme, cada uno de aquellos minúsculos artefactos, que se iba soltando, dejaban al descubierto una parte de su cuerpo: su ombligo, sus costillas, los pechos que salieron disparados hasta rozarme la cara. Tímidamente alargué mi mano, los manosee, eran redondos y morenos, toda su piel era morena, los pezones muy abultados con una gran areola oscura. Recordé el color sonrosado de mi madre y su blancura. La mujer, aún de pie a mi lado, me empujó suavemente y hundí mi cabeza entre aquellos pechos carnosos, el olor de su perfume y de su cuerpo se hizo más fuerte y excitante, mordisqueé sus pezones con avidez, uno y otro mientras se aceleraba mi respiración. Ella, entre tanto, se había desprendido de las ligas y las medias y se había quedado sólo con aquella braguita minúscula. Me retiró un poco de su pecho para poder moverse y se tumbó en la cama.

─Quítame las bragas ─me dijo.

Obedecí, me arrodillé, no sabía si debía usar las manos o la boca como ella antes había hecho con mis calzoncillos, me intimidaron sus ojos negros de gatita presumida, no me sentí seguro de utilizar los dientes y opté por las manos, tiré de sus bragas, ella se inclinó un poco para que pudiera sacarlas, entonces contemplé aquel secreto que ocultaba la minúscula tela, nunca lo había visto tan cerca, un pequeño montículo apenas cubierto por un triángulo de pelo negro y rizado me esperaba.

─Es todo tuyo ─dijo Vanesa. Explóralo.

Me cogió de la mano y me la condujo hasta su entrepierna, me hizo palpar unos bultitos internos que se abrían como labios dando paso a una cavidad mucosa, que se iban humedeciendo a medida que los recorría con mis dedos, luego un pequeño agujero en el que introduje el dedo anular hasta el fondo mientras ella gemía y sacaba la lengua con voluptuosidad.

─¿Estás preparado? ─me dijo ella, obligándome a montarla encima.

Me coloqué sobre su cuerpo, el miembro erecto intentaba acomodarse en aquel agujero resbaladizo, tenía vida propia, pero no lo conseguía del todo. Sudaba. Ante mi falta de pericia Vanesa se apoderó de mi polla con su mano y mientras la acariciaba y recobraba su compostura, la conducía de nuevo hasta su gruta, después con un ligero movimiento, el miembro se acopló como un guante. Vanesa marcaba el ritmo, yo me dejaba llevar, primero con un ritmo cansino, luego más acelerado como en una danza caribeña.

─Cabalga con fuerza, jinete ─me dijo con una excitación teatral, mientras clavaba sus largas y puntiagudas uñas en mi espalda.

Empecé a tomar confianza, entraba y salía con fuerza y determinación. Sólo fueron unos segundos, no pude aguantar más, un espasmo urgente me sobrevino, lancé al aire un relincho ahogado, lastimero y me derramé en aquel cubículo desconocido, que me acogía por primera vez. Caí sin fuerzas, exhausto, sobre el cuerpo de la mujer, mojado en sudor.

─Serás un buen amante ─me susurró La Vanesa mientras se dirigía al cuarto de baño.

Me sentí orgulloso de aquella mi primera hazaña.

Fragmento de la sección IV, La gatita presumida, leído por la autora (7:14 min).

 


 

─Alejandro, ¿Todavía estás escribiendo?, es casi la hora de la cena y has de tomar tu medicina.

─Es verdad, lo siento, Elena. Ya estoy casi acabando, después seré todo tuyo. Elena había entrado con un vaso de agua y una pastilla. La habitación estaba casi a oscuras, la noche se había echado encima y la luz estaba aún apagada. El hombre demasiado flaco, con un rostro demacrado y pálido, estaba sentado en la mesa camilla cerca de la ventana aprovechando el último rayo de sol que se ocultaba a pasos agigantados en el horizonte. Tenía las piernas envueltas en una manta y se dispuso a recoger los folios que estaba escribiendo con manos temblorosas. La enfermera se acercó con cariño, le acomodó los cojines en la espalda y le dio la medicina. El hombre la tomó sin rechistar con una mano, mientras con la otra enlazaba por la cintura a la chica que le sonreía con clara complicidad.


 

[CONTINUARÁ EN LA ENTREGA SEGUNDA
en la nueva web de la Asociación de Profesores de Español «Francisco de Quevedo» de Madrid]

 

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